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Tú eres el arquitecto (el protagonista) de tu propia vida

La vida es una construcción permanente, ¿lo sabías? Cada día, todos los días, tenemos la misión de avanzar hacia aquello que deseamos, aunque sea un poco. Es como construir un gran edificio: tienes que avanzar bloque a bloque, con paciencia, y solo con el paso del tiempo ves cómo tu obra va tomando forma. Tú eres el arquitecto de tu propia vida, el responsable de lo que ocurre en ella.

Una de las realidades más apremiantes del ser humano en este siglo XXI es aquella de las creencias limitantes: somos como somos porque alguien nos programó así. Nadie, absolutamente nadie escapa de esa realidad y, por eso, vemos tantas personas que deambulan por la vida sin saber qué hacer, para dónde van o por qué están ahí. Son edificios construidos por otros, un diseño ajeno.

Una de las frases más impactantes que he escuchado de Álvaro Mendoza, mi mentor en temas del marketing digital, es una que dice que “el éxito y el fracaso en la vida y en los negocios está determinado por tus acciones y tus decisiones”. Nada más cierto: si tú decides tomar las riendas de tu vida, si tú asumes el protagonismo de tu vida, el resultado que obtengas será diferente.

Lo que necesitamos aprender es cómo romper con esas creencias limitantes que nos impiden alcanzar lo que deseamos. ¡No tienes por qué vivir de acuerdo con las expectativas de otro! ¡No tienes por qué aceptar que otros te impongan qué hacer con tu vida! ¡No tienes por qué resignar tus sueños para dedicarte a trabajar por los sueños que otra persona no pudo hacer realidad!

El arte de la vida consiste, como dije al comienzo, en avanzar cada día en tu construcción personal. No te resignes a quedar en obra negra, como un edificio inconcluso testigo de la indolencia, simplemente porque no tuviste la capacidad de tomar las decisiones adecuadas, porque no actuaste cuando era necesario, o porque te equivocaste en las decisiones o en las acciones emprendidas.

Para aspirar a obtener buenos resultados, lo primero que debes aprender es que hay situaciones que no dependen de ti, que tú no decides. Por ejemplo, el lugar donde naces, quiénes son tus padres, cuál es el color de tu piel, si eres hombre o mujer, la lengua materna que hablas. Además, debes entender que nada de eso es bueno o malo en sí: depende de cómo puedas aprovecharlas.

“No puedes controlar todas las cosas que te pasan, pero puedes decidir que no te afecten”, decía la escritora, cantante y activista de derechos humanos Maya Angelou. Estas que acabo de mencionar son ese tipo de cosas, y tú decides si te afectan o no, o cómo te afectan. Lo que he aprendido es que llegamos a algún lugar en particular en este mundo por alguna razón, y debemos descubrirla.

Una de las fuentes de felicidad (o de infelicidad) es aquella de aceptar y apreciar el entorno en el que vivimos: la naturaleza, la playa, las montañas, los bosques, el viento, el sol del verano, la nieve del invierno, las frutas de la primavera, los árboles desnudos en el otoño. Todo eso está ahí para que lo disfrutemos, para que lo valoremos, para que lo cuidemos, para que lo preservemos.

Entonces, no te mortifiques por aquello. El mundo es algo maravilloso y la diversidad es parte de ello. No te sientas menos porque naciste en un lugar, o porque tu color de piel no es el que te hubiera gustado: son situaciones que tú no decidiste, que no puedes cambiar. Lo que sí puedes cambiar, lo que está en tus manos, es decidir si esto te afecta y cómo te afecta. ¡Tú lo decides!

Concéntrate, más bien, en aquello que sí puedes cambiar, en aquello que tú decides y que determina tus resultados. Sí, esas acciones o decisiones que marcan tus relaciones, tu negocio, tu vida. Es la forma en que encara lo que la vida te da, lo que te ofrece cada día: cómo lo asimilas, cómo lo recibes, cómo lo cuidas, cómo lo agradeces, cómo lo compartes, cómo lo multiplicas.

Hablo, por ejemplo, de la integridad, esa entereza moral que se requiere para diferenciarse, para dejar huella en la vida de otros, para ser coherente entre lo que piensas y lo que haces. Hablo, por ejemplo, de empatía, aquella capacidad que te permite ponerte en el lugar de otro, calzar sus zapatos, sentir su dolor, y ayudarlo gracias a esa poderosa conexión que se logra con la identificación.

También está la humildad, esa virtud que te da la posibilidad de desprenderte de lo que posees para ayudar a otros de manera desinteresada. Y de la pasión, ese sentimiento por el que puedes dominar la voluntad y por el que inclinas con vehemencia por algo o por alguien. O de la perseverancia, gracias a la cual encuentras una fuerza interior para superar cualquier obstáculo.

Me refiero a la generosidad, ese hábito por el cual estás en capacidad de compartir con otros lo que eres y lo que tienes, sin esperar nada a cambio. Me refiero a la responsabilidad, esa cualidad por la que asumes el control de lo que haces y las consecuencias de tus actos y que te permite afrontar lo que la vida pone en tu camino de una manera positiva, con espíritu de aprendizaje.

Y hay más, muchas más actitudes o situaciones en las que el resultado es consecuencia directa de tus acciones y decisiones. Preocúpate por identificar, cultivar y, sobre todo, poner en práctica estas virtudes. Recuerda: tú eres el arquitecto (el protagonista) de tu propia vida y debes trabajar cada día para construir ese proyecto que te haga feliz y, sobre todo, que te permita vivir con abundancia.

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Vive con Abundancia

Reprograma y domina tu mente

Cada día, cuando despiertas, y a medida que avanza la jornada…

  • ¿Sientes que tu vida es un caos?
  • ¿Te abruma reconocer que estás lejos, muy lejos, de esa vida plena que alguna vez soñaste?
  • A cada paso que das ¿ves que no avanzas en el proceso de cumplir tus objetivos?
  • ¿Te mortifica reconocer (en silencio) que no puedes darle a tu familia el bienestar que se merece?
  • ¿Eres infeliz con el libreto de vida que te inculcaron cuando eras niño y no sabes cómo cambiarlo?

No es un consuelo, pero entiende que el 99 por ciento de las personas vive el mismo drama. Para colmo, algunas ni siquiera saben qué ocurre y se limitan a pensar que es la vida que les tocó, que Dios sabe cómo hace sus cosas, que algún día todo cambiará porque no hay mal que dure 100 años.

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