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El valor del difícil arte de ignorar

“En boca cerrada, no entran moscas”, reza un popular dicho. Habría que agregar que de una boca cerrada tampoco salen reacciones que después sean motivo de arrepentimiento. El problema es que solo nos damos cuenta de esto una vez se ha devuelto en nuestra contra el poder de las palabras hirientes, altaneras y sarcásticas. Y aprendemos el valor del difícil arte de ignorar.

Lo que diferencia al ser humano de los animales es la capacidad de raciocinio, la posibilidad de realizar actos conscientes, de tomar sus propias decisiones. Sin embargo, en muchas situaciones, en muchas ocasiones, actuamos como si fuéramos animales: reaccionamos de manera instintiva, visceral, siguiendo un impulso emocional. Y, claro, no tardamos en darnos cuenta del error.

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Una de las más contundentes muestras de inteligencia es aprender ignorar esos momentos, esos estímulos que nos provocan reacciones sin control. Esta es una habilidad que las personas sabias desarrolla en algún momento de la vida y que, especialmente en la edad madura, en la vejez, les aporta tranquilidad. Sin embargo, cualquiera puede adquirirla en cualquier momento de la vida.

¿Recuerdas cuando eras un chico y te peleabas con tus hermanos por todo y por nada? A esa corta edad, en la que todavía no acumulamos la cantidad de experiencias necesaria y en la que aún no somos conscientes de cuanto hacemos y de cómo lo hacemos, reaccionamos emocionalmente. Por lo bueno, por lo mano, porque nos dijeron, porque no nos dijeron, porque nos miraron, en fin.

Son mecanismos de defensa que nos sirven para llamar la atención de los adultos, de nuestros padres, un pedido de ayuda en lenguaje cifrado. Lo normal sería que una vez crecemos y somos adultos, cuando ya la vida nos golpeó varias veces y cometimos errores que nos dejaron algún aprendizaje, actuemos de manera consciente y dejemos atrás las reacciones impulsivas.

Sin embargo, no es así. Ante determinados estímulos, respondemos de la misma manera que lo haría, por ejemplo, una perra cuando siente que sus cachorros son amenazados, o una fiera salvaje cuando percibe la presencia del enemigo: por instinto, con violencia, sin medir las consecuencias. Y, claro, más tarde, pagamos esas consecuencias a un precio a veces muy alto.

Este comportamiento se da, en parte, por el discurso con que programaron nuestro cerebro en la niñez. “No te dejes, demuéstrales que tú eres macho”, “Si tu hermano te dice esto, respóndele”, “Que nadie se burle de ti” y otros mensajes por el estilo. El problema es que permitimos que esas reacciones emocionales se conviertan en un hábito, en un patrón de conducta.

Por otra parte, es algo que hemos aprendido por el ejemplo de quienes nos rodean, en especial, de los adultos. Las agrias discusiones de los padres, o el maltrato de tu hermano mayor a sus amigos, o la forma en que el novio trata a tu hermana. Por doquier, estamos rodeados de personas que explotan, que se encienden más fácil que un cerillo, que pagan por una pelea.

Esta es una conducta tóxica a la que recurrimos cuando nos sentimos amenazados. Por ejemplo, cuando algún compañero del trabajo te critica o te contradice, cuando te adelanta con su vehículo, cuando en el banco o el supermercado no te atienden con la rapidez y diligencia que esperas. Convertimos las situaciones más simples en algo complicado, sin cae en cuenta del resultado.

¿Y cuál es el resultado? Nos amargamos, vivimos enzarzados en disputas inútiles, malgastamos nuestras energías en discusiones banales, nos distraemos de lo importante y de lo valioso que nos ofrece la vida, nos convertimos en agentes tóxicos. Por supuesto, en ese ambiente negativo y dañino no puedes esperar que tu vida sea feliz, armónica, tranquila, próspera y abundante.

Por fortuna, la solución a este problema está al alcance de la mano. Sí, basta con que tomes la decisión de no permitir que lo que sucede en el exterior te afecte. La clave está en aprender a ignorar todos esos estímulos tóxicos que provocan que reaccionemos de manera emocional, instintiva. No importa que sean personas, escenarios, recuerdos o vínculos laborales o de amistad.

No es una tarea fácil, pero es necesaria. Dado que nos afecta mucho lo que otros dicen, lo que dicen de nosotros; que buscamos la aprobación de otros a cuando hacemos y decimos y que fuimos programados para actuar de esa manera, no es fácil desaprender y volver a aprender. De hecho, hay personas que jamás lo logran y, por eso, viven una vida de amargura e infelicidad.

Hay que aprender de los perros, por ejemplo, que cuando siente una amenaza o cuando creen que su lugar es invadido, marcan el territorio. Primero lo hacen a través de sus heces y, si esto no funciona, ponen en práctica algunas estrategias agresivas disuasivas. Finalmente, si nada de esto da resultado, responden instintivamente. Cuando funciona, ignoran la amenaza y siguen felices.

A los seres humanos, en cambio, nos cuesta mucho establecer distancias, marcar el territorio. Y más cuando los agentes tóxicos externos son tu pareja o un familiar o un amigo de vieja data o el jefe en el trabajo. Son situaciones en las que nos dejamos llevar por la programación mental y permitimos que invadan nuestro territorio, que lo asalten, que nos agredan o nos lastimen.

Y esto, por supuesto, no debe ocurrir. Hay que imponer límites y, si es necesario, elevar barreras que adviertan al factor que nos provoca incomodidad o lo persuadan. Pero, lo sabemos, a veces esto no es suficiente, de ahí que haya que tomar decisiones más radicales, más efectivas: una de ellas es ignorar, es decir, tomar la decisión firme y consciente de alejarte de lo que te hace daño.

La vida es muy corta y muy bella y no tiene sentido que te la pases lidiando con agentes tóxicos que puedes evitar. Es cierto que no siempre resulta tan fácil como nos gustaría y que a veces el precio que debemos pagar es alto: no importa. Recuerda que lo que está en juego es tu paz, tu tranquilidad, la armonía de tu vida, y todo el oro del mundo no justifica que las pierdas.

Ser feliz, amigo mío, es una elección personal. Pero, no puedes aspirar a ser feliz si malgastas tu vida reaccionando a todos los estímulos negativos a los que estamos expuestos cada día. Estas son las situaciones en las que tienes que pensar primero en ti, en tu bienestar, y ser egoísta sin remordimientos. Acude a tu autoestima, prioriza tu felicidad y aléjate de lo que te hace mal.

Recuerda que para estar en capacidad de recibir lo maravilloso que la vida tiene preparado para ti primero debes sacar de tu mente y de tu corazón aquello que no sirve, que estorba, que es dañino. Ignorar es otra forma de soltar, de aliviar la carga, y es una de las características que marcan la diferencia entre quienes viven en paz y quienes lo hacen en una batalla sin fin.

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Reprograma y domina tu mente

Cada día, cuando despiertas, y a medida que avanza la jornada…

  • ¿Sientes que tu vida es un caos?
  • ¿Te abruma reconocer que estás lejos, muy lejos, de esa vida plena que alguna vez soñaste?
  • A cada paso que das ¿ves que no avanzas en el proceso de cumplir tus objetivos?
  • ¿Te mortifica reconocer (en silencio) que no puedes darle a tu familia el bienestar que se merece?
  • ¿Eres infeliz con el libreto de vida que te inculcaron cuando eras niño y no sabes cómo cambiarlo?

No es un consuelo, pero entiende que el 99 por ciento de las personas vive el mismo drama. Para colmo, algunas ni siquiera saben qué ocurre y se limitan a pensar que es la vida que les tocó, que Dios sabe cómo hace sus cosas, que algún día todo cambiará porque no hay mal que dure 100 años.

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