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¿Destino o casualidad? ¡No, es causalidad!

Cada día, sin falta, vivimos eventos que no tienen explicación o que, dentro de nuestro conocimiento y experiencia, no sabemos explicar. Situaciones sencillas, como encontrarte en la calle con un viejo amigo, de la época del colegio, al que no veías hace años, pero al que tenías en tu memoria recientemente, o sufrir un pequeño accidente en la casa mientras hacías un arreglo.

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Algunas personas dicen que se trata de coincidencias, mientras que otras tantas hablan de destino. Recurramos al Diccionario de la Lengua Española (DLE), a ver si nos puede ayudar. En sus páginas, se define casualidad como “la combinación de circunstancias que no se pueden evitar o prever”, una definición que les daría parte de la razón a quienes creen que estamos sujetos a fuerzas extrañas.

Acerca de destino, el DLE es más generoso. Nos dice que es “fuerza desconocida”, pero también el “encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal”. También nos habla de una “circunstancia de serle favorable o adverso a alguien o a algo”. Curiosamente, hay un hilo conductor tras bambalinas: el destino está ligado, por lo general, a lo negativo que nos sucede.

Tras leer esas definiciones, viene a mi memoria una serie de cinco películas que fueron muy populares entre 2000 y 2011. Se llamaba Destino final, y narraban sucesos caóticos, en los que fallecían muchas personas, producto de las travesuras de la muerte. La emocionante trama desarrollaba una sucesión de eventos trágicos que eventualmente podía ser interrumpida.

La primera película se trataba de un grupo de adolescentes que se salvaba de morir en el accidente de un avión que explotó después de despegar, y que cobró la vida de algunos de sus amigos. En la segunda, de nuevo con jóvenes como protagonistas, el evento fatal es un masivo accidente en una concurrida autopista y la tercera transcurre en un parque de diversiones.

El ingrediente de ficción de la serie consistía en que los sobrevivientes siempre encontraban una forma para burlar a la muerte y seguir con vida, además de evitar la muerte de sus amigos. Luego, como por arte de magia, cada uno tomaba su camino hasta que, tiempo después, volvía a cruzarse en la vida de los otros justamente para ser, de nuevo, protagonistas de un evento trágico.

Una de las lecciones más valiosas que aprendí de la vida es aquella de que la realidad y la ficción pueden fusionarse. Estamos convencidos, porque así nos lo enseñaron, que son como el agua y el aceite, que no se unen, pero no es del todo cierto. ¿A qué me refiero? A que el sentido oculto del mensaje de las películas de la serie Destino final es posible trasladarlo a nuestras vidas.

¿Sabes de qué se trata? De que nosotros también podemos cambiar eso que llamamos destino, de que estamos en capacidad de eludir eso que llamamos casualidad. ¿Cómo hacerlo? Es posible si tomamos el control de nuestra vida, si actuamos conscientemente, si decidimos intencionalmente. Se trata de quitarle el poder sobre nosotros a todo aquello que nos impide ser libres, autónomos.

Es decir, a las creencias limitantes, a los mitos, a esa mal llamada sabiduría popular que se ha transmitido de generación en generación, en un perverso círculo vicioso. Nos meten en la cabeza ideas tóxicas que provocan que distorsionemos la realidad y que, en vez de asumir nuestra responsabilidad, de entender que somos los dueños de nuestro destino y de las coincidencias.

En este punto, es imperativo hacer una aclaración: ¡no creo en la casualidad!, pero sí en la causalidad. Este término, según el DLE, significa “causa, origen, principio” y también “ley en virtud de la cual se producen efectos”. ¿Entiendes? Si tú comienzas una conducta (principio, causa), como por ejemplo fumar 20 cigarrillos al día, provocas un efecto, que es padecer cáncer y otros males.

Si mueres por un ataque cardíaco, no fue casualidad, no era que así estaba marcado en tu destino, como cree la gente, la mayoría de la gente. Es el resultado de una acción que tú iniciaste de manera consciente y que repetiste una y otra vez, mil y una veces, durante varios años. Fue tu decisión, tu elección, tu hábito, el que te llevó a sufrir esas enfermedades y a la muerte.

Lo mismo ocurre cuando somos adictos a las relaciones tóxicas. No es que esas personas negativas y destructivas aparezcan en tu vida por casualidad o porque el destino las puso ahí para algo, como es la creencia popular. Esas personas llegaron a tu vida porque tú las atrajiste, porque tú elegiste darles permiso de entrar en tu vida, porque inconscientemente las necesitas en tu vida.

¿Cómo así? Buena parte de lo que sucede en nuestra vida responde al entorno en el que nos encontramos, es decir, de las personas que nos rodean. Uno de los flagelos más terribles del presente es la drogadicción; la mayoría de las personas entra a ese infierno por la influencia del entorno en el que se desenvuelven, porque eligieron dar una probadita para ser aceptados.

Y después, lo sabemos, difícilmente salen de allí. Y si tienen la fortuna de hacerlo, acarrean unas graves consecuencias. Ley de causalidad. No era su destino, ni fue casualidad que se encontraran con esas personas y que en ese ambiente se consumiera drogas y que no fueran capaces de decir no. Estaban en el lugar equivocado, rodeados de las personas equivocadas y tomaron decisiones equivocadas.

Así funciona la vida, amigo mío. En todas y cada una de las actividades de tu vida, en las sencillas y también en las trascendentales. No es, como creen tantas personas, que seamos las marionetas de un perverso titiritero que mueve los hilos a su antojo, caprichosamente. Como mencioné antes, los seres humanos (y eso te incluye a ti, por supuesto), estamos en capacidad de ser dueños de nuestra vida.

Lo que ocurre es que a veces no nos damos cuenta o, peor aún, elegimos seguir así. Quizás porque nos sentimos cómodos, quizás porque no tenemos ambiciones, quizás porque estamos paralizados por los miedos. No importa la razón. Por eso, vemos tantas personas que van por la vida de tumbo en tumbo, de fracaso en fracaso, de dolor en dolor, una interminable cadena de desaciertos.

La próxima vez que te ocurra algo que no puedes explicar de manera racional, evita la tentación de tomar el atajo de atribuirlo al destino o a la casualidad. El origen de todo cuanto te sucede está en ti, dentro de ti, así que, si quieres una explicación o, mejor, una solución, tienes que ir a tu interior y descubrir cuáles son las creencias limitantes, los miedos que generan esos efectos dañinos.

El universo funciona de una manera que la mente del ser humano no puede comprender en su totalidad, no puede racionalizar. No te obsesiones y tampoco te dejes llevar por creencias o mitos. Recuerda que como en la ficción de la serie Destino final, tú eres el dueño de eso que llamamos destino y tú puedes eliminar de tu vida las casualidades y vivir según tus propias reglas, según tus decisiones.

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No es un consuelo, pero entiende que el 99 por ciento de las personas vive el mismo drama. Para colmo, algunas ni siquiera saben qué ocurre y se limitan a pensar que es la vida que les tocó, que Dios sabe cómo hace sus cosas, que algún día todo cambiará porque no hay mal que dure 100 años.

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