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Amor y sufrimiento son como el agua y el aceite

¿Qué sería de nosotros sin amor? Es lo más lindo de la vida, el alimento que nutre la existencia y el sentimiento que nos brinda felicidad. ¿Felicidad? Bueno, no siempre es así. De hecho, tristemente, cada vez son más las relaciones sentimentales, de amistad o de compañerismo que terminan mal y, peor aún, que son fuente de discusiones, de agresiones, de malestar, de sufrimiento.

Es una terrible contradicción, porque amor y sufrimiento son polos opuestos, pero nos hemos dado mañas para hermanarlos, para fundirlos, para experimentarlos simultáneamente. Por cuenta de las creencias limitantes, por aquello que nos enseñaron cuando éramos niños, por el ejemplo que nos brindaron los mayores, aprendimos que el amor incorpora sufrimiento, y no es así.

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La distorsión ha llegado a tal punto, que estamos más habituados al sufrimiento que al amor. Nos convencen de que “así es la vida”, de que “por algo pasan las cosas”, de que “no hay mal que por bien no venga” y otras especies por el estilo. Y no son más que mentiras disfrazadas de verdades, porque amor y sufrimiento en esencia son como el agua y el aceite: se repelen, no se mezclan.

Hace unas semanas, en una sesión de asesoría personalizada, una madre atormentada me confesó su terrible preocupación. Su hija, una adolescente de 16 años, rebelde y contestataria, se había enganchado con un joven de 19 con el que tenía una relación tormentosa. “La Sole (por Soledad) ya había tenido otros novios, pero este se lo tomó en serio. Y bien no le va”, me comentó.

“Se la pasan discutiendo por todo, a veces son muy agresivos y me doy cuenta de que se hacen daño”, continuó. Su malestar radica en que cada vez que intentó hablar con su hija sobre esa relación, terminaron de pelea. “Ella no entiende, Pablo, no entiende nada. Aunque no hacen sino pelear, aunque llora todos los días, aunque se la pasan a los gritos, dice que lo ama y que no lo va a dejar.

Por supuesto, no se trata de una relación normal, sino de una muy tóxica, de esas que distorsionan el amor y dejan cicatrices que tardan en sanar. Creemos, porque ese fue el mensaje que grabaron en nuestra mente, que amor y sufrimiento van de la mano, que son complementarios, que se necesitan mutuamente. Pero, ese es falso, una concepción equivocada de lo que es el amor.

El dolor o el sufrimiento están incorporados en todos los sentimientos del ser humano. Por ejemplo, nos duele cuando un ser querido sufre una enfermedad grave, o cuando perdemos a nuestra mascota, o cuando rompemos una relación sentimental o de amistad que apreciábamos mucho. Eso está bien, es normal que nos duela, pero eso no significa que si amamos tengamos que sufrir.

Nos metieron en la cabeza la idea de que el sufrimiento es una prueba de amor, pero no hay nada más falso. El amor es positivo, es constructivo, es generoso, es desinteresado, mientras que el sufrimiento se manifiesta de diversas maneras contrarias al amor. ¿Como cuáles? Los celos, el apego y la posesión, las más claras muestras de que una relación está en el terreno de lo tóxico.

El amor es armonía, es compartir, es libertad, es respeto y compromiso. No se trata de una negociación, de una transacción, sino de una oportunidad de crecimiento personal a partir de lo que otra persona te puede aportar. Si alguna de las personas de la pareja cree que debe sufrir “porque así es el amor”, esa relación está condenada al fracaso y tarde o temprano terminará.

La posesión y la dependencia son dos de las peores manifestaciones del sufrimiento que atamos al amor. Son dañinos hábitos aprendidos que, para colmo, en el mundo moderno encontraron en los dispositivos móviles, en las aplicaciones de mensajería instantánea y en las fotografías digitales, entre otros recursos, el caldo de cultivo. En últimas, se trata de egoísmo en su máxima expresión.

Y miedo, mucho miedo. Celos, apego, posesión y cualquiera otra manifestación tóxica del sufrimiento no son más que máscaras que los humanos nos ponemos para tratar de ocultar nuestros miedos. Sí, el temor a que la relación no resulte, a que la otra persona nos deje cuando descubra nuestros defectos, a que nuestros padres o amigos no aprueben esa unión.

Cuando estaba en las horas más bajas de mi vida, cuando estaba hundido en un profundo hoyo, cuando todo lo que iniciaba terminaba mal, la vida me enseñó que el amor es la fuerza más poderosa que existe. Conocí a Luciana, la que hoy es mi esposa y la madre de mis dos hijos, una maravillosa compañera de viaje que me rescató de las oscuras profundidades y me salvó.

Sí, literalmente, me salvó. No sé qué habría sido de su vida si no se cruzan nuestros caminos. Ella es la fuerza que me impulsa a seguir adelante, a pesar de las dificultades. Es la motivación para exigirme cada día a buscar mi mejor versión. Es el polo a tierra que apacigua mi ansiedad y las explosiones de mis emociones. Es la luz que ilumina el camino que vamos construyendo juntos.

A través de ella, aprendí y comprendí que el amor es reciprocidad, intercambio, comunicación, conexión. No porque dependa de ella o necesite su aprobación, sino porque sé cuánto me puede aportar, todo lo que hago lo comento con ella. Y cada día me sorprende más con sus soluciones simples, con su sabiduría, con su capacidad para vivir en función de nosotros, despojada de egos.

Somos distintos, y eso es parte del éxito de nuestra relación. A través de todos estos años, y gracias a que reprogramé mi mente y borré las creencias limitantes que me decían que el sufrimiento era la otra cara de la moneda del amor, descubrí lo que es felicidad verdadera, lo que es abundancia, lo que es compartir. Somos distintos, y eso nos permite ser un equipo poderoso.

Me duele ver tantas parejas que dicen amarse, pero en realidad lo único que hacen es sufrir. Y hacerse daño. Lo peor es que viven presas del pánico y por el miedo a la soledad eligen seguir juntos, en una relación tóxica que les impide crecer. Y más grave aún es que eso es lo que les están transmitiendo a sus hijos con el ejemplo, para configurar una perversa cadena de sufrimiento.

¿Qué sería de nosotros sin amor? Es lo más lindo de la vida, el alimento que nutre la existencia y el sentimiento que nos brinda felicidad. Sí, nos brinda felicidad cuando cambiamos la programación mental, cuando desterramos los miedos, cuando extirpamos las creencias limitantes y nos damos la oportunidad de ser libres, auténticos y autónomos, cuando logramos conectar dos corazones.

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No es un consuelo, pero entiende que el 99 por ciento de las personas vive el mismo drama. Para colmo, algunas ni siquiera saben qué ocurre y se limitan a pensar que es la vida que les tocó, que Dios sabe cómo hace sus cosas, que algún día todo cambiará porque no hay mal que dure 100 años.

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